Alumni Program | Faculty | Courses | News | Click here to go to the Graduate Center Main Page.





[Alumni Index]
Paul Hecht
Ph.D. 1979


  • Dissertation Title: La copla flamenca en la poesía de Antonio Machado y Federico García Lorca

  • Supervisory Committee:
    • Professor Ildefonso M. Gil, Chair
    • Professor Martin Nozick
    • Professor Andrés Franco

In Memoriam
1927 - 1996

Hispanofilia o Joyce en el Albaycín
Mercedes Monmany

Como los anglófilos, germanófilos, francófilos, o cualquier filia más o menos pintoresca que se adquiera a la manera de un virus insuperable y en forma de placentera condena a perpetuidad, los hispanófilos adquieren una segunda patria que se convertirá en una ciega y obstinada pasión, en un primer amor prolongado, que posiblemente durará hasta la muerte, en muchos casos acaecida en los mismos parajes de su deslumbramiento, es decir, en ese segundo y mitificado hogar o patria de elección.

¿A quién se quiere más, a los hijos propios o a los adoptados? Es una pregunta, cercana al dilema, cada vez más corriente en nuestros días de núcleos familiares no necesariamente genéticos. Lo mismo pasa con las patrias. Existe una, incuestionable, la de origen, la familiar, la doméstica, y, en ocasiones, una nueva, segunda, la de "la invención," que es como la amante o suplente oficiosa, con la que se engaña ardientemente a una primera esposa oficial, más aburrida y sabida, a la que sin embargo se está atado por unos inequívocos papeles que a veces no explican bien la relación actual, que son insuficientes, que están algo caducos ya para resumir lo que ha venido después. Lo que ha venido después son viajes ­mentales o físicos­ a unas segundas patrias que salvan de la frustración cotidiana, de la sensación de hastío, del malhumor. Edificadas en un mundo entre real e irreal, estas segundas patrias amadas representan el mundo del deseo, de la Tierra de la Gran Promesa; son vividas con plenitud, alejan la tristeza, son el mejor antidepresivo. En un relato de "hispanofilia" de Isaak Bábel, su protagonista, un traductor Blasco Ibáñez, que vive en el San Petersburgo tenebroso del hambre y el duro frío invernal de 1916, al contrario que otros muchos, goza de una segunda vida de felicidad gracias a un sueño que conoce perfectamente a través de los libros, pero en el que jamás ha puesto un pie: España.

Dos casos: Brenan y Lewis
Gerald Brenan y Norman Lewis, por citar algunos ejemplos de hispanófilos de origen anglosajón, engañaron repetidamente, a conciencia, a su patria oficial y natal, en este caso Inglaterra, con una cegadora y acogedora pasión de repuesto que era la española. Ambos fueron escritores excelentes y dejaron libros sutiles y penetrantes, muy lejos del tópico, sobre nuestra tierra. Lewis, novelista y autor d e libros de viajes, le dedicaría una parte importante de su autobiografía (Voces del viejo mar, Siglo XXI, 1992) a las tres largas estancias que hizo en la década de los cuarenta a un pueblecito de pescadores de la Costa Brava, que él denomina "Farol" y que tenía aún presentes, sin cicatrizar, las heridas de una guerra cruel y devastadora. Por su parte, de todos es sabida la pasión que sentiría desde su juventud Brenan (1894-1987) por España, y en especial por Granada. Autor de libros como The Literature of the Spanish People (1951), de un estudio sobre San Juan de la Cruz (1972) o de El laberinto español (1962), su conocido ensayo sobre los antecedentes y causas de la Guerra Civil española, Brenan vivió en nuestro país desde 1919 hasta el año de su muerte. Perteneciente al Grupo de Bloomsbury de Virginia Woolf, Lytton Strachey, Bertrand Russell o E. M. Forster, amante de Dora Carrington y amigo de Ernest Hemingway, Dylan Thomas o Roger Fry, gracias a la protección de su abuela la baronesa Adeline von Roeder lograría viajar a España e instalarse en un pueblo de las Alpujarras (Yegen) entre 1920 y 1934, lo que daría pie a su célebre libro Al sur de Granada (Siglo XXI, 1974), recuerdos que completaría con Memoria personal (1920-1975) (Alianza, 1976).

También Paul Hecht (Nueva York, 1927-Granada, 1996), hasta ahora totalmente desconocido en nuestro país, contraería una alta e imperecedera dosis de "hispanofilia" cuando estudiaba en el Brooklin College de su ciudad natal, de mano de un maestro sefardí llamado Mair José Benarbete. Ahí comenzaría toda su locura de por vida, o si se prefiere, su sabiduría y tesón, aquello que William Blake definía así: "Si un loco porfiara en su locura, se volvería sabio." Paul Hecht ya siempre sería, en nuestra tierra de acogida, "Pablo el Americano," como lo conocían sus amigos y seguidores, lo mismo que a George Borrow, el autor de La Biblia en España (1842; Alianza, 1983), se le conocía en el Madrid decimonónico como "Don Jorgito el inglés." A los treinta años Hecht viajó a Málaga y allí encontró, en el flamenco y en la tierra andaluza, su "compás interior," es decir, la razón de su búsqueda personal y vital. Vivió cerca de treinta años en Andalucía, dejaría escrito un ensayo autobiográfico (The wind cried, Dial Press, Nueva York) y en 1979, instalado en Granada, en su querido Albaycín, completaría una tesis sobre La influencia de la copla flamenca en Antonio Machado y Federico García Lorca. Ahora, de la mano de una editorial de reciente creación, Zoela, se recupera una obra que Hecht dejaría inédita, escrita íntegramente en español, El Cuentista, autobiografía apócrifa de un pícaro granaíno aficionado al cante, y supuestamente editada por un norteamericano flamencófilo afincado en Granada.

El manuscrito encontrado
La historia del "manuscrito encontrado en el Albaycín" empieza por el relato de la muerte de su héroe, José María Benalén, Chema, alias el Cuentista, como fiel réplica de lo que había sido el conjunto de su vida: en la Semana Santa de 1989, camino de Santa Fe, cuando se dirigía a un bautizo gitano y al ser atropellado por un coche. Como se dice en el prefacio del supuesto editor americano en cuyas manos cae el manuscrito: "En el Albaycín, todo el mundo inventó su vida." Nace, pues, un mito literario, Benalén/Hecht. De esta manera se da paso a las memorias de un Casanova andaluz y bohemio, loco del flamenco y la poesía, que con su vida escribe una especie de historia privada del placer, a lo Henry Miller, universalizando y elevando un minúsculo punto del planeta, el Albaycín, al rango del París años treinta, y también, en una segunda parte, al rango del Dublín de Joyce, al describir veinticuatro horas de la vida de su protagonista. Para este donjuán irrefrenable, hedonista, guasón, amante del cante, del baile y de la juerga flamenca, su ideario espiritual, el motor que mantiene vivo su cuerpo y sus sentidos, es conocer, reír, comer, beber, charlar sin fin y gozar del momento, esté donde esté. Con él, el flamenco se vuelve puro erotismo y sensualidad, y el acto del amor, un baile y canto ancestral, una profunda ceremonia antropológica y variada, aplicable a cualquier actividad humana, por mínima e insignificante que sea, que inmediatamente adquiere un sentido y un tono de ritual solemne y ecuménico. Porque a José María le gustan sobre todo tres cosas: las mujeres (de las que da rendida cuenta, con un detallismo de cirujano-entomólogo); el flamenco y los gitanos (que la mayor parte de las veces van unidos) y, sobre todo, la fusión, cualquier tipo de fusión: la religiosa, la de las raíces culturales, la de los cuerpos, y la de los sonidos y los ritmos, escuchados en la calle, en las tabernas, en las ferias, en la imaginación, en un poema, en el cuerpo de una mujer, en cualquier sitio.

"Criado como cristiano," pero morisco por parte de padre y judío por parte de madre, el héroe de Hecht es un puro y ejemplar producto autóctono del mestizaje ibérico, que muchos sospechamos que existe ya sólo en la literatura. El primer cantaor que escucha es Juanillo el Gitano, que lo marca de por vida, y desde pequeño sus maestros son "los gitanos, los mendigos y los viejos," y su Iglesia o escuela, las tabernas.

Hombre libre, anarquista, sin ataduras, radical y sectario con todo lo que no forme parte de su universo, está sin embargo lleno de prejuicios y experimenta una especie de racismo norteño, al revés, que él define como "una aversión geocultural hacia todo lo rubio." También el "editor inventado" de Hecht comenta con ironía al comienzo del libro los prejuicios contra los americanos que ha soportado estoicamente, con solidaridad y sentido del humor cómplice, a lo largo de su larga vida andaluza: unos van diciendo por ahí que es de la CIA, otros que es comunista y otros más le espetan cuando lo ven: "Yanqui, ¿cuándo vas a dejar de explotarnos?" Aún así, Benalén no dejará de enunciar nunca en sus memorias, una y otra vez, lo que cree fundamento de su esencia personal: sus "genes pluralistas," abiertos a todo.

Hijo de perdedores de una guerra, abomina de los "conquistadores," de lo oficial, de la Europa unida, del turismo masificado, de la mojigatería, de los genes desnaturalizadores de la vida moderna, de Franco y de todo lo que huela a "vencedor." En contraposición, muy cercano a su esencia real y a la inventada, reivindicará lo que un personaje de su libro llama "carácter judío": "Hablar a todas horas, y no sólo hablar sino interrumpir, exclamar, proclamar, burlar, contestar a una pregunta con otra, cavilar sobre el sentido de las palabras, meterse en tu vida íntima, contar cuentos, filosofar con la familia sentada a la mesa..."

[Crítica de El cuentista, novela póstuma de Paul Hecht (Granada: Zoela, 2001), Escaparate, Numero 498, 11 de agosto de 2001]