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Paul Hecht
Ph.D. 1979
In Memoriam 1927 - 1996 Hispanofilia o Joyce en el Albaycín
Mercedes Monmany Como los anglófilos, germanófilos, francófilos, o cualquier filia más o menos pintoresca que se adquiera a la manera de un virus insuperable y en forma de placentera condena a perpetuidad, los hispanófilos adquieren una segunda patria que se convertirá en una ciega y obstinada pasión, en un primer amor prolongado, que posiblemente durará hasta la muerte, en muchos casos acaecida en los mismos parajes de su deslumbramiento, es decir, en ese segundo y mitificado hogar o patria de elección. ¿A quién se quiere más, a los hijos propios o a los adoptados? Es una pregunta, cercana al dilema, cada vez más corriente en nuestros días de núcleos familiares no necesariamente genéticos. Lo mismo pasa con las patrias. Existe una, incuestionable, la de origen, la familiar, la doméstica, y, en ocasiones, una nueva, segunda, la de "la invención," que es como la amante o suplente oficiosa, con la que se engaña ardientemente a una primera esposa oficial, más aburrida y sabida, a la que sin embargo se está atado por unos inequívocos papeles que a veces no explican bien la relación actual, que son insuficientes, que están algo caducos ya para resumir lo que ha venido después. Lo que ha venido después son viajes mentales o físicos a unas segundas patrias que salvan de la frustración cotidiana, de la sensación de hastío, del malhumor. Edificadas en un mundo entre real e irreal, estas segundas patrias amadas representan el mundo del deseo, de la Tierra de la Gran Promesa; son vividas con plenitud, alejan la tristeza, son el mejor antidepresivo. En un relato de "hispanofilia" de Isaak Bábel, su protagonista, un traductor Blasco Ibáñez, que vive en el San Petersburgo tenebroso del hambre y el duro frío invernal de 1916, al contrario que otros muchos, goza de una segunda vida de felicidad gracias a un sueño que conoce perfectamente a través de los libros, pero en el que jamás ha puesto un pie: España. Dos casos: Brenan y Lewis También Paul Hecht (Nueva York, 1927-Granada, 1996), hasta ahora totalmente desconocido en nuestro país, contraería una alta e imperecedera dosis de "hispanofilia" cuando estudiaba en el Brooklin College de su ciudad natal, de mano de un maestro sefardí llamado Mair José Benarbete. Ahí comenzaría toda su locura de por vida, o si se prefiere, su sabiduría y tesón, aquello que William Blake definía así: "Si un loco porfiara en su locura, se volvería sabio." Paul Hecht ya siempre sería, en nuestra tierra de acogida, "Pablo el Americano," como lo conocían sus amigos y seguidores, lo mismo que a George Borrow, el autor de La Biblia en España (1842; Alianza, 1983), se le conocía en el Madrid decimonónico como "Don Jorgito el inglés." A los treinta años Hecht viajó a Málaga y allí encontró, en el flamenco y en la tierra andaluza, su "compás interior," es decir, la razón de su búsqueda personal y vital. Vivió cerca de treinta años en Andalucía, dejaría escrito un ensayo autobiográfico (The wind cried, Dial Press, Nueva York) y en 1979, instalado en Granada, en su querido Albaycín, completaría una tesis sobre La influencia de la copla flamenca en Antonio Machado y Federico García Lorca. Ahora, de la mano de una editorial de reciente creación, Zoela, se recupera una obra que Hecht dejaría inédita, escrita íntegramente en español, El Cuentista, autobiografía apócrifa de un pícaro granaíno aficionado al cante, y supuestamente editada por un norteamericano flamencófilo afincado en Granada. El manuscrito encontrado "Criado como cristiano," pero morisco por parte de padre y judío por parte de madre, el héroe de Hecht es un puro y ejemplar producto autóctono del mestizaje ibérico, que muchos sospechamos que existe ya sólo en la literatura. El primer cantaor que escucha es Juanillo el Gitano, que lo marca de por vida, y desde pequeño sus maestros son "los gitanos, los mendigos y los viejos," y su Iglesia o escuela, las tabernas. Hombre libre, anarquista, sin ataduras, radical y sectario con todo lo que no forme parte de su universo, está sin embargo lleno de prejuicios y experimenta una especie de racismo norteño, al revés, que él define como "una aversión geocultural hacia todo lo rubio." También el "editor inventado" de Hecht comenta con ironía al comienzo del libro los prejuicios contra los americanos que ha soportado estoicamente, con solidaridad y sentido del humor cómplice, a lo largo de su larga vida andaluza: unos van diciendo por ahí que es de la CIA, otros que es comunista y otros más le espetan cuando lo ven: "Yanqui, ¿cuándo vas a dejar de explotarnos?" Aún así, Benalén no dejará de enunciar nunca en sus memorias, una y otra vez, lo que cree fundamento de su esencia personal: sus "genes pluralistas," abiertos a todo. Hijo de perdedores de una guerra, abomina de los "conquistadores," de lo oficial, de la Europa unida, del turismo masificado, de la mojigatería, de los genes desnaturalizadores de la vida moderna, de Franco y de todo lo que huela a "vencedor." En contraposición, muy cercano a su esencia real y a la inventada, reivindicará lo que un personaje de su libro llama "carácter judío": "Hablar a todas horas, y no sólo hablar sino interrumpir, exclamar, proclamar, burlar, contestar a una pregunta con otra, cavilar sobre el sentido de las palabras, meterse en tu vida íntima, contar cuentos, filosofar con la familia sentada a la mesa..." [Crítica de El cuentista, novela póstuma de Paul Hecht (Granada: Zoela, 2001), Escaparate, Numero 498, 11 de agosto de 2001] |